Un viaje por 25 piezas de pintura abstracta salvadoreña

rodrigobaires

Escribo desde mi total ignorancia del arte. Escribo porque salí de la exposición “Con-Secuencias del Color” con ganas de escribir, de contar un viaje entre 25 piezas, al que llegué por invitación expresa de David Duke Mental… “Es la exposición de tres pintores… si te caes sería bonito”, me había dicho… y me dejé caer… y me recibió el trazo forzado de un iceberg personal de Henry Ramírez… Frente a una luz amarilla desde una ventana de Fredy Araujo.

Y esto es un intento de contar un viaje por 25 piezas. Duke es el anfitrión… y justo en la entrada al lado izquierdo hay unas figuras de colores que a mí me recuerdan geckos o dragones o felinos… pero él quiere presentarme a Henry. Me cuenta que él ha sido con quien ha podido hablar de la forma, de la estética y que en más de algún sentido ha sido un maestro para él… Yo espero a alguien imponente que imponga su palabra… No, Henry no es así, es un tipo tímido a primera vista que prefiere escuchar cómo interpreto su obra antes de imponer su visión.

Henry no habla, susurra, como si pidiera permiso para decir la siguiente frase… y cuando lo hace es con una voz clara, tranquila, tomándose su tiempo. Yo soy más arrebatado y lo interrumpo: su obra me erizó la piel. Eran tres icebergs que me obligan a ver hacia abajo. En plena Colonia Escalón me transportó a El Limón, entre la frontera de la zona 1 y la zona 5 de Guatemala, un asentamiento urbano precario, dirían las Naciones Unidas en lenguaje políticamente correcto –un arrabal, una zona marginal del que muchos chapines con una intensa falsa humildad se vanagloriaban de decir que era el asentamiento más grande de América Latina. ¿Vale la pena sentirse orgulloso de que tanta gente viva en la miseria?. Para Henry es un iceberg urbano del que solo vemos la puntita.

– Abajo está el caos- le digo
– ¿Cómo así? – me dice
– Es un caos que no conocemos, que a veces no nos atrevemos a conocer- le digo
– Es interesante que alguien que ha viajado o bajado me diga eso- afirma.

Yo callo, tengo la piel eriza y mi mente vuela recordando como en El Mezquital, en la Zona 18 de Ciudad de Guatemala, o en Las Palmas, en San Salvador al lado del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, también hay círculos de pobreza, más pobre entre pobres… y existe gente mejor que vive en casuchas construidas con ladrillo y si bajas en las laderas de la quebrada llega a los más pobres que viven bajo láminas o simple plástico.

Si Henry me erizó la piel, Fredy me trajo paz con una ventana amarilla que gotea luz sobre el marrón –o será café- del fondo… desparramando esperanza. Me quedo un par de minutos agradeciendo la paz que me regala, sin saberlo, Fredy.
Pero Henry se impone de nuevo… ahí, enfrente, hay una llave nítidamente pintada como si hubiera tomado un 70-200 mm. y haya enfocado la cabeza de la misma y el fondo se haya convertido en un caos de fondo amarillo anaranjado… pero el cuerpo de la llave me lleva a una puerta detrás de la cual hay más caos, solo que azul. Yo pienso en el poder de ir de un lado al otro. “La llave es poder”, le digo a Henry, él sonríe y espere mi siguiente frase… como quien no quiere equivocarse, no digo nada más.

– La llave es poder- le digo a Duke.
– Yo alguna vez escribí un poemario sobre un cerrajero, sobre llaves- me dice. “Es un poemario inédito…”.
– El pintor también escribe– pienso.

En la otra esquina hay un trozo de una serpiente emplumada atravesado por un rótulo de “Peligro no pasar” que le da vida a un mapa de El Salvador… Ese es un Duke claramente, trazo gruesos y de colores más puros… Los tres se han presentado ya… El resto es subir las escaleras.

Allá arriba hay un rostro de un viejo conquistador o un simple anciano… lo observa un muchacho con camiseta de grupo de rock pesado y shorts.

– Yo veo un conquistador- digo
– ¿De perfil?- me dice un fotoperiodista.
– Y está también un anciano viendo de frente- continúo.
– ¡Y tienen una gran idea!- me dice el fotoperiodista –por eso esa explosión amarilla-
– ¿Cuál será?

No llegamos a consensuar la respuesta final… yo estoy imaginando como una pieza de Duke me suena a una banda de jazz dibujando con colores puros una tonada en silencio absoluto. ¿Cómo se llama la capacidad de ver colores en la música?

Y el fotoperiodista está clavado viendo “La ciudad de la Luz”. Yo ya había comentado con Henry que de lejos me parece un escenario del Señor de los Anillos. “Ya me lo han dicho”, me dice. El fotoperiodista me dice que de cerca es un cementerio de barcos, pero nos quedamos un rato más viendo cables de tendido eléctrico entre islas de casas modestas unidas por puentes, mientras que en el fondo existe una sombra de una ciudad que no alcanzamos a entender aún.

Fredy aporta su propia ciudad. Una rectilínea de edificios geométricos y con un pedacito de cielo nublado, un cielo empedrado de nubes, iluminado por una ventana cuadradita chiquitita… ¿o será una luna llena cuadrada perfecta? Fredy me dice que es una ventana, yo insisto que es la luna. ¡Qué sabrá él! Me quedo con mi luna… Él calla.

En la esquina más escondida hay otra pieza de Duke. La fuerza del color me lleva a verla y pienso en cómo se logra una armonía entre tres estilos tan diferentes… “Me gusta el uso del color”, le dice un visitante a Duke, quien le explica que algunas de sus piezas son parte de una libreta de viaje y otras son más elaboradas… yo no entiendo que significa “más elaboradas”y le doy las gracias por la invitación… Fredy me da las gracias a mí por asistir, Henry me dice que si puedo escribir algo sería bonito… y yo me retiro a intentar escribir mi corto descubrimiento de dos pintores nacionales, uno veterano y otro más novel… y lo más difícil, las sensaciones de ver las obras juntas de tres pintores.

Aquí termina el intento. Vaya por favor a Sentidos Galeria.

Obra de David Duke Título: Quetzalcoatl 247 Técnica: Mixta / Foto: Sentidos Galería
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